Si la ingeniería genética ha llegado al punto de
modificar plantas con el fin de incrementar la producción, significa que las
causas deben ser, entre otras: la alta demanda de alimentación, la necesidad de
acelerar los procesos reproductivos, la posibilidad de asegurar las cantidades
planeadas de cosecha gracias a los métodos de bloqueo de ciertas pestes, etc.
Pero no se tienen conclusiones concretas aún de lo que
estos cambios conllevan para la salud y el balance eco-sistémico. Para poder
determinar la huella ecológica de tales acciones, sería tentador comparar
cierta cantidad en cierto lugar de varios cultivos modelos, sembrando los
naturales y los genéticamente modificados. Mediante estas observaciones a
tiempo real, se compararían los pros y los contras en ambos casos y de acuerdo
a los diferentes aspectos que componen el análisis más integral de los resultados.
El enfoque final no debería ser si se implementan tales
prácticas o se descartan, sino qué tanto se puede amortiguar del impacto
ambiental y social que estos cultivos tendrían. El avance tecnológico es una
gran parte de lo que nos hace progresar como raza. Aunque no se puede ser
radical y convertir absolutamente todas las semillas en transgénicas tampoco.
Tal vez es mejor hacerlo en proporciones de acuerdo a las necesidades
económicas y a medida que estas se presentan. Además, no se pueden olvidar los
estatutos y leyes estatales que aplicarían a estos casos agrícolas.
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Victoria Solís
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